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    Parte: 1, 2, 3


    La cultura latinoamericana puede verse en todas partes de Siler City, N.C.
    Foto de DL Anderson

    La gente de los Estados Unidos está comenzando a comprender que la mayor ola inmigratoria que llegó al país no ocurrió hace un siglo. Está ocurriendo en este momento. Uno de cada ocho residentes-unos 35 millones de habitantes-nació en otro país. Los inmigrantes vienen de todas partes del globo, pero la inmigración latinoamericana está cambiando el país. Y no solamente las dos costas y el Sudoeste.

    Siler City, en Carolina del Norte, era la clase de ciudad donde casi todos, negros y blancos, podían rastrear sus raíces uno o dos siglos atrás. Los personajes del programa The Andy Griffith Show hablaban de Siler City y la actriz que hizo el papel de la tía Bee fue a vivir allí cuando se jubiló porque le hacía recordar Mayberry. O sea que era el último lugar que iba a elegir un inmigrante que hablaba español. Esto empezó a cambiar en la década del 90. Hoy, gracias a las tareas de procesamiento de pollos que nadie más quiere hacer, la mitad de la población de Siler City es latinoamericana. No es un ejemplo aislado; Carolina del Norte y los estados sureños que lo rodean tienen las poblaciones latinoamericanas de crecimiento más rápido. Muchos residentes que han vivido en Siler City toda su vida dicen que no les preocupa el hecho de que muchos de estos inmigrantes sean indocumentados. Lo que les preocupa es la manera en que la población latinoamericana está transformando la mezcla racial de esta y otras comunidades sureñas.

    Eddie Greene nos lleva a hacer una gira de su ciudad natal, Siler City, en la ondulada región de Piedmont en el centro de Carolina del Norte. No lejos de su propia casa, en el borde oeste de la ciudad, Greene observa que éste es un barrio de "viejas familias", "familias que han estado aquí, pienso, desde los comienzos de la ciudad." Señala un chalé cerca de Airport Road. "Yo solía cortar el césped del jardín de esa mujer cuando tenía diez años. Viven aquí desde siempre."

    Siler City es una ciudad de casas con porches, muchas iglesias, una zona céntrica de unas pocas cuadras, y fábricas cerradas. Los trabajadores de la ciudad solían hacer, entre otras cosas, muebles, comida para perros, partes de herramientas, marcos para cuadros y máquinas para hacer palomitas de maíz. Siler City ha sido por muchos años también un centro de plantas procesadoras de pollos.

    Eddie Greene en el porche de su casa. Dice que Siler City siempre ha estado dividida por cuestiones raciales.
    Foto de DL Anderson

    "En Siler City teníamos dos opciones," dice Greene; "trabajar en la planta o conducir un camión. . . Yo sabía que no estaba hecho para trabajar en la planta, entonces empecé a manejar camiones y transportar pollos a todas partes del país."

    La carrera de Greene como camionero terminó hace unos años; una enfermedad poco frecuente que le quitó la visión periférica lo obligó a jubilarse. Pero Greene dice que ve claramente lo que está ocurriendo en su ciudad y no tiene problemas en hablar sobre el tema en términos categóricos y hasta inflamatorios.

    Siler City, dice, ha estado siempre dividida racialmente. "Donde yo vivo . . . es una sección totalmente negra." Yendo un poco hacia el este, en dirección al country club, la población es blanca. Cuando pasamos cerca del centro de la ciudad, que una vez fue mayoritariamente blanco, Greene dice, "Toda esta parte, estas casas, ahora son todas mexicanas."

    Todo recorrido de Siler City obligatoriamente termina en un enorme edificio cuadrado de concreto blancuzco y acero cercado con una alambrada de tela metálica: la procesadora avícola Townsend. Los obreros de esta fábrica -y, hasta recientemente, de otra planta casi tan grande-convierten cientos de miles de pollos vivos en paquetes de presas y nuggets.

    "Mire al personal," dice Greene, observando a los obreros que abandonan la planta, todavía con sus botas y sus redecillas para el pelo. Es el atardecer de un viernes. "Esta hora es buena; cambian turnos."

    Cada uno de los obreros que vemos parece ser latinoamericano.

    "No quiero que esto suene racista," dice Greene, "pero, ¿has visto una casa llena de cucarachas? ¿Y no puedes pararlas? ¿Es como si miras y hay dos, y miras otra vez y hay cuatro, y cuando vuelves a mirar hay siete? Si prestas atención, no hay ni siquiera una persona negra o una blanca que salga de la planta. En absoluto."

    La familia de Debra llegó a Siler City en 2002. Está cursando el último año en la escuela secundaria de la ciudad, Jordan-Matthews. "Me gusta mucho estar aquí," dice Debra. "Es una experiencia diferente de vivir en el campo en Guatemala."

    En el exterior de la planta avícola Townsend, cerca del barrio de tráileres donde vive la familia de Debra.
    Foto de DL Anderson

    La familia de Debra vive en un barrio de tráileres cerca de la planta Townsend. Parada en la carretera de grava que lleva a la angosta casa de la familia, Debra dice que ha visto crecer el barrio en forma dramática desde que llegó como estudiante de escuela media. "Creo que había cuatro casa rodantes [en ese entonces]. Y luego la dueña de la tierra decidió traer más casas rodantes. Es como que solamente los hispanos viven aquí . . . en su mayoría de México."

    Debra es la mayor de ocho hijos. En el interior de la casa se podía oír a los chicos y el ruido de los platos que lavaba en la cocina Florinda, la madre de Debra. Florinda ha trabajado más de seis años para Pilgrim's Pride y para el dueño anterior de la planta, Gold Kilt.

    "En el empaque trabajaba yo," explica en español. "Se empaca de todo… la pechuga, el tender, la pierna. Se echan en cajas, se tapan y se tiran a la banda."

    El marido de Florinda, Francisco, trabaja para un constructor haciendo "paredes para las casas" en una ciudad próxima. Debe manejar 40 minutos por día. "A Dios gracias, hasta ahí hemos…nos ha traído hasta acá, y pues aquí estamos… trabajando," dice en español.

    Aparentemente típico de los latinoamericanos que llegaron a Siler City, Francisco dice que vino sin ninguna expectativa especial de la vida en la zona rural del sur de los Estados Unidos. "Como uno llega de un país a otro sin saber como ha sido la cultura, como ha sido la vida de un lugar a otro. Nosotros no sabíamos..."

    Lo que descubrió, dice, es que en Siler City, "como en todo lugar hay personas que son buenas como también hay personas que lo miran a uno con desprecio."

    Francisco no les hace caso, dice. "yo sé que vine acá a este país para trabajar y a velar por mi familia, para ver el futuro de ellos."

    La inminente graduación de Debra de la escuela secundaria marca un importante peldaño en la realización del sueño que Francisco tiene para su familia. "Por lo que veo, pues está llegando allí, sus estudios, porque ella casi siempre ha salido con honores en todos los estudios." Y agrega con orgullo que le gusta el fútbol.

    Cinco etapas

    Paul Cuadros posa con su equipo de fútbol, el Lady-Jets de la Escuela Secundaria Jordan-Matthews.
    Cortesia de Paul Cuadros

    Es una cálida tarde de febrero en Siler City, el primer día oficial de práctica de fútbol de las Lady Jets de la Escuela Secundaria Jordan-Matthews. En la cancha al lado de la escuela, el entrenador del equipo, Paul Cuadros, reúne a su equipo para programar un ejercicio defensivo. La mayor parte del tiempo habla en inglés pero de vez en cuando pasa sin esfuerzo al español para asegurarse que una de las inmigrantes nuevas entiende todo.

    Cuando le preguntamos sobre la composición demográfica de su equipo, Cuadros parece no haberle prestado mucha atención al tema. Mira a su alrededor y cuenta. " Tenemos . . . un poco más de la mitad de muchachas latinoamericanas. Y el resto son blancas, y tenemos una estadounidense negra. Así que es un equipo diverso."

    Debra, la estudiante guatemalteca, juega en la defensa. "Es una leona en la línea defensiva," dice Cuadros. "Es la más chiquitina aquí pero la que hace las jugadas más grandes."

    Cuadros es un experimentado narrador de la historia de Siler City. Es un reportero veterano que enseña Periodismo en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, a media hora de aquí. Cuadros creció en Ann Arbor, Michigan, hijo de inmigrantes peruanos; se mudó al área de Siler City a fines de la década del 90 para explorar la vida de los latinoamericanos atraídos al sur del país por la creciente industria avícola. En 2006, Cuadros publicó A Home on the Field, un libro sobre Siler City y sus primeros tres años como entrenador del equipo de fútbol masculino de Jordan-Matthews.

    Para una ciudad como Siler City, o en realidad para los Estados Unidos en total, argumenta Cuadros, ajustarse "al cambio migratorio o cultural" es similar a pasar por las "cinco etapas del dolor."

    "Inicialmente puede haber un rechazo . . . la gente dice, bueno, en verdad no va a cambiar, no va a ocurrir en nuestra ciudad . . . Cuando llegué encontré mucha depresión en los residentes permanentes . . . un verdadero sentido de pérdida. [Pérdida] de la comunidad y la cultura y todo lo que era Siler City."

    Observando el equipo de Cuadros hoy, es imposible imaginarse que alguna vez hubo tensión racial o cultural en Siler City. Al final de la práctica, las chicas se agrupan en una apretada melé, abrazadas las unas con las otras. Una capitana cuenta hasta tres y todas gritan juntas, "¡Arriba Lady Jets, whoooo!" Riendo y charlando, se van a los vestuarios.

    "No lo que solía ser"

    Para los adultos de Siler City, comunicarse y entenderse no resultó tan fácil. Jenny Pleasants es la madre de otra estudiante del equipo de Cuadros. Un día de primavera en 2008, señala a su hija en la cancha durante un partido de Lady Jets. "Meredith Pleasants. Es la número 18 en el ala derecha."

    Jenny Pleasants viene directamente de su trabajo-es propietaria y gerente de una tienda de artículos para regalo y jardín en Siler City-y encuentra que Lady Jets le está ganando cuatro a cero a un rival de la división. "Fuerza, Mer."

    John y Jenny Pleasants han vivido en Siler City por 23 años.
    Foto de DL Anderson

    Siler City es la ciudad natal de John, el esposo de Jenny Pleasants; el matrimonio ha vivido en la ciudad por 23 años. Sus hijos tienen una experiencia multicultural inimaginable en las pequeñas ciudades de Carolina del Norte hace una generación. Meredith y su hermano Jay juegan al fútbol en equipos con fuerte preponderancia latinoamericana; el equipo masculino es casi totalmente latinoamericano, con unos pocos blancos. Los dos adolescentes estudian español en la escuela.

    Cuando se le pide su opinión sobre el cambio demográfico de la ciudad, Jenny Pleasants primero responde como la mujer de negocios que es, maravillándose de que su pequeño pueblo sureño ahora tenga "un almacén hispano en cada esquina, de modo que tenemos muchas más tiendas de comidas. Tienen su propia tienda de videos. Tienen los mejores restaurantes mexicanos al fondo de los almacenes." Con un algo de orgullo, Pleasants dice que su familia tiene un pequeño restaurante mexicano favorito, donde no es frecuente ver gente blanca como ella. "Ellos [los propietarios latinoamericanos] te miran un poco raro cuando entras, hasta que te conocen."

    Los chicos hispanoamericanos de los equipos de fútbol han recibido a Jay y Meredith Pleasants con mucha calidez. Hablando de su hijo, Jenny dice, "Quiere mucho a los chicos y su experiencia ha sido muy positiva.

    Pero algunas barreras son más difíciles de derribar. "Lo extraño es que cuando uno va a los partidos," dice Pleasants, "ninguno de los padres habla inglés. Entonces ellos se sientan juntos en un lado y nosotros en otro. No entiendo ni una palabra de lo que dicen y estoy segura de que ellos no nos entienden tampoco. ¿Cómo puede una sentarse al lado de una persona y decirle que su chico está jugando muy bien cuando la mitad del tiempo no podemos siquiera pronunciar el nombre y ellos no entienden nada de lo que decimos?"

    En una ciudad más grande, quizás, esta incapacidad para comunicarse con otros padres no tendría importancia. En una ciudad donde todo el mundo se conocía, esto se siente como una verdadera pérdida. Lo mismo ocurre con lo que Pleasants llama el "mayor cambio" que ha notado desde que los latinoamericanos llegaron en grandes números: la experiencia de llevar un chico al médico.

    "Cuando yo era chica podía ir al consultorio y todo el mundo me conocía, y siempre veía al mismo médico," dice Pleasants. "Ahora cuando uno llega, hay veinte familias hispanas y chicos por todas partes y la mujer en la recepción habla español. Me siento como si yo fuera la minoría y eso me molesta. En la ciudad en que me crié y en que crié a mis hijos - es como "¿Tiene Medicaid, tiene documentos?" Es como, hace dieciocho años que vengo a esta clínica. Me molesta tener que sentarme en la sala de espera con las familias hispanas, y sé que sus hijos necesitan cuidado también. Pero el cambio en el entorno del consultorio del pediatra no es como cuando uno podía ir a la recepción y decir, "Hola, fulano está enfermo. No es lo que solía ser."


    Continúe a la parte 2